Depurar

Cada cierto tiempo en la casa de mi mamá se hacía una "limpieza" de clóset. Era un momento religioso en el que se sacaba todas las prendas de ropa y con mi hermana ibamos depurando, botando las prendas con hoyos y deshilachadas, los zapatos rotos y tan sucios que al lavarlos solo se ensuciaban más. Mi papá no participaba de este ritual, no era necesario para él, que ya tenía contabilizadas, enumeradas y archivadas las camisas y corbatas colagadas pulcramente. Los cambios de estación eran marcados por el living de mi casa llenándose de cajas de plásticas con ropa de invierno o de verano. Este hábito de depurar es algo que me trataron de instalar eternamente pero qué difícil era botar un par de zapatos que ya ni la suela se podían, qué triste la idea de no volver a ver mi polera de tucán que ya ni por la cabeza me entraba. El día que me dijeron que ya no tenía que usar mis plantillas ortopédicas, lloré desconsalademente por la idea de botartlas y no sé si fue mi mamá quien me dijo que no tenía que botarlas altiro o si fui yo quien obstinadamente las guardó en el fondo de un cajón por años y años y años. 
Esto es, por supuesto, una exageración. Lo que sí es real es que el ciclo de ropa sin fín me está generando un problema que ocupa un espacio extremadamente grande en mi cabeza, tan grande como si fuera el problema de mi existencia misma, tan grande como lo grande que puede ser el dramatismo de mi prosa que puede, porque simpere puede, ser más dramática. Igual puede ser simple, pero qué fome. 
Lo qué sí será más simple es mi clóset. 




Algunas texturas que abandoné



Un textura que se rehusa a ocupar su lugar

Comentarios